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"El País De Los Sin Tumba"

(Basado en un caso real)

Ana Valentina Benjamin

 Ana Valentina Benjamin (anabenjamin@hotmail.com) es sobrina nieta de Walter Benjamin. Nacida en Argentina, es sin embargo de nacionalidad alemana. Ha ejercido su profesión de periodista en varios países del mundo; actualmente reside en Madrid, España. Este relato, que está basado en hechos reales, trata el tema de los desaparecidos bajo la dictadura militar argentina e intenta ser un homenaje a los Derechos Humanos. Fue premiado por el Jurado del Certamen Internacional de Narrativa "Hucha de Oro" y publicado por Ediciones NOSTRUM (Madrid, 2003).

 


English: ["Tombless Land" trans. Christopher Rollason]

Ana Valentina Benjamin (anabenjamin@hotmail.com) is the great-niece of Walter Benjamin. Born in Argentina, she is, however, of German nationality. She has worked as a journalist in a number of countries; at present she lives in Madrid, Spain. Her short story "El PaísDeLosSinTumba" ("Tombless Land") is based on a real case relating to the 'disappeared' under the Argentinian military dictatorship and is intended as a homage to Human Rights. It won a prize at the "Hucha de Oro" international fiction competition and has been published by Ediciones NOSTRUM (Madrid, 2003)

 


No tenía cuna para el hijo exánime ni tumba para el padre que no pudo ser.

Patricia, la madre que no fue y la amante trunca en el camino de una noche bifurcada, llegó a su casa: cuna, lápida y hoyo cavado por manos negras, una madrugada oscura del 20 de octubre. Hogar que la deshabitaba por haber sido trampa, la desprotegía por haberle amagado una cuna y le prometía dar jardín al cuerpo amado, si acaso aparecía (le atormentaba sobre todo la promesa). Dolía haber presenciado la metamorfosis: de hogar a infierno. Dolía acunar el moisés vacío (despojado de padre, abortado el hijo no concebido). Pero mucho más dolía el juramento sin domicilio. Dolía la casa y la cuna pero muchísimo más desconsolaba la presencia de la tumba ausente.

Patricia se acostó al lado de Lucas y cerró los ojos. En las imágenes que dibujó sobre la almohada, se besaron. Lucas le dijo: "Te siento cerca, mi amor", y ella le contestó: "Yo tampoco". Abrió sus ojos y miró la silueta de Lucas en su marca, clavada en el somier (acaso un colchón piadoso, atesorando en su geografía el recuerdo de otra anatomía). Patricia tocó las sábanas y sintió la tibieza de su hombre. Entonces él había estado allí alguna vez, o tampoco. En el baño, dos toallas fiscales todavía goteaban. Entonces él se había bañado con ella hace unos instantes... o nunca. O habían compartido alguna tormenta anterior, cuando amagaba la cuna, el hogar no era trampa y no se prometía ninguna tumba. O también, Lucas permanecía.

Tomó el teléfono y discó un número de memoria, una cifra que los mantenía en contacto, o sea lejos, o bien cerca, o tampoco ni remotamente los aproximaba. Era la casa de los padres de Lucas (abuelos del niño que no habían dejado concebir los espectros de octubre); el lugar donde había crecido quien aún hoy no terminaba de morir. Había sido expatriado al PaísDeLosSinTumba, llevándose consigo el medio mundo necesario para el hijo de Patricia.

Un contestador automático la atendió. O sea que la voz de Lucas sí existía, porque la atendía. O tampoco hablaba (tan poco); magra voz que gritaba la ausencia de su fuente. Palabras horribles que decían: "no estoy, deje su mensaje después de la señal". Y la única señal era el duelo que nadie podía velar. Patricia no dejó ningún mensaje porque no lo tenía. Lucas, tampoco.

Se acarició el pubis. Su cuerpo sentía que había hecho el amor recién (o mil años atrás); porque el cuero de Lucas se despellejaba dentro de su vientre, todavía. Tumbados sobre el lamento del hijo que ese último día en esa última noche (que no se sabía última) no había sido engendrado (seguro de que existiría otra oportunidad), sus padres brindaron. Porque también había copas vacías. Y tampoco quedaban víveres en la alacena. Y también una plétora de amor inconcluso. Lucas había sido un hombre apetente. Sediento de mar (poeta irreverente), glotón para el pan, insaciable de justicia, hambriento de Patricia. O tampoco digerible para manos llenas de violencia (los espectros de octubre son voraces).

Al otro día, o a la semana siguiente, o tal vez unos años después de aquel octubre (o tampoco, en realidad, había transcurrido el tiempo), Lucas reapareció, exiliado en un sueño. Sonriente, sonrisa bronceada, ojos encendidos tras un par de cristales tornasolados. Patricia tampoco estaba dorada por el sol, tampoco se apagaba tras un cristal, tampoco sonreía. Pensó la mujer que su amor desterrado había regresado, pero sin embargo él no estaba en la cocina, al despertar. O tampoco era un sueño; ni siquiera desvelo. La falta de tumba confundía la ubicación de su alma y la identidad de los cuerpos. En ninguna parte, pero también a cada rato. O tampoco un alma. O tan poco cuerpo. O la poesía de Lucas forzada al traslado: del papel a las tinieblas (a los brazos macabros del espectro y al abrazo trunco de su mujer). Habitando la pesadilla. Muerto o muriendo en la vigilia de sus captores. Vivo en el sueño quimérico de Patricia.

El colchón, por piedad, los albergó una hora. Patricia sintió el gusto agridulce de Lucas. Su ausencia no era del todo amarga (la fe en su retorno sazonaba la espera); no era del todo dulce (no había alcanzado a dejarle un hijo en su vientre); no del todo insípida (cada recuerdo tenía sabor a algo... pero tremendo cuando sabía a Nada, porque ahí moraba Lucas). Quizá por eso Patricia confundía las marcas propias con las señales de aquella ausencia; la identidad de su dolor con los rasgos de Lucas desde algún hueco.

Patricia sintió todo de golpe. Lucas tampoco. Pero se mantuvo cerca, reproduciendo siempre el único anuncio: No. Si Patricia hubiese escuchado bien, tampoco hubiera.

"No estoy, deje su mensaje...", todavía decía la voz que había enmudecido. Así se comunicaban, aguardando de un lado la señal y del otro el aviso. Porque "el mudo amante que habla, siempre encuentra un sentido amado que lo escucha a tiempo", sentía Patricia. "Por más que la mano negra imprime sus huellas en el hombre que desuella, no hay crimen que impida la fusión de los amantes", quizá pensaba Lucas. "El hijo no nacerá estando el padre clausurado", festejaba, sin duda, el espectro (vigilante y carnívoro, en el umbral del PaísDeLosSinTumba).

Patricia persistió en su búsqueda durante años. Aun cuando otro hombre ya la había convertido en abuela, Lucas todavía le debía hacerla madre. Jamás imaginó, sin embargo, que encontraría al fantasma de octubre. Pero ahí estaba, el día menos pensado: el espectro firmaba ejemplares de su libro, agradecía a quien le hiciera de espejo y sonreía cuando lo palmeaban. Patricia sintió pánico. O bien furia. O tampoco sorpresa. Allí donde esperaba encontrar cadenas, vio aplausos; allí donde necesitaba ver condena, vislumbró agasajo. ¿Era posible que el tiempo inyectara tal dosis de demencia a la gente? ¿Era posible que la mano que se había dedicado a degollar poetas ahora decapitara poemas? ¿Ninguno de esos lectores leía entre líneas? ¿Nadie olía la sangre abominable que el libro hedía?

Se sumó a la cola de displicentes seguidores y esperó su turno. Minutos que aprovechó para hojear el libro. ¿Ahí encontraría a Lucas, enterrado, encuadernado? Sí, ahí está él, ella y el hijo concebido (sólo) en la rima abortiva de esa pluma. Ahí está Lucas, aniquilada su carne, resucitada en las vísceras del papel, matado en el plagio sepulcral de un libro. Tumba chata, funesta. Que robó la lírica del poeta luego de cortar su mano.

Finalmente, a Patricia le llega su turno (y a su hijo también). O tampoco, al padre.

-Quisiera que se lo dedique a Lucas- le dice al homicida de puño y letra -Lucas podría haber sido el padre de mis hijos pero...

-Desapareció, lo sé-, interrumpe el hombre, impávido -de eso se trata mi obra. Léala, es extraordinaria, es... -hace una pausa y agrega, exultante- Es la belleza de la muerte.

Patricia acerca su boca al oído verdugo y susurra:

-¿Por qué no me ahorra la lectura y me cuenta usted los detalles?

Si el fraudulento escritor hubiese hablado a tiempo... Si el asesino hubiese callado en octubre... Si Patricia hubiese elegido otro modo de reclamar a Lucas... O si acaso el recuerdo de sus cuerpos sudando en vida o llorando en las noches secuestradas hubiese sido más filoso que el arma que empuña esa mujer esa tarde de libros ensangrentados. Pero no. Ni tampoco la duda. Ni siquiera el recuerdo. O también el duelo, exigiendo el cuerpo. Pero no tuvo los cuerpos, sino sus residencias: el féretro y la celda. El féretro para el criminal con pluma magnicida; el calabozo para la madre que no pudo ser y que decide aquella tarde convertir al asesino de su hombre en padrino del hijo matado antes de nacer. Mecenas no del crío; mecenas de su muerte.

Patricia despierta y el duelo se le vuelve abismal. Han atentado dos veces contra su hombre: la primera, en el cuerpo; la segunda, en el espacio. Han construido un palacio sobre terreno sangrante. Ahí residen los espectros, ahí plagian huracanes ajenos y editan vientitos falsos. Patricia se mira al espejo. Las arrugas son surcos que sólo (y por siempre) la llevarán a Lucas. Se confiesa, más que vengadora, protectora de su hombre en la negrura y guardiana de su alma. Y admite la razón por la cual no ha matado en vigilia: no toleraría que Lucas y su asesino habiten el mismo lugar; no podría soportar semejante vecindad. Los prefiere lejos: a Lucas en los surcos de su rostro y en el éter sin domicilio (tal vez en el agua, tal vez en el cielo, tal vez) y al espectro en la Tierra, vivo... pero mortal. Y ella: atenta, testimonio, espectadora de la sentencia que pronto debería llevar a un nicho subterráneo al espectro, para que desde el calabozo escuche los alaridos de la obscuridad.

Pero no sucede. Y entonces Patricia se entrega al exilio... También se necesita guardiana de su propia alma. También la prefiere lejos: su alma testigo de lo que No sucede, lejos de su tierra natal que sangra y no cura las heridas.

No es la sangre de los que han desaparecido.

Son los cuerpos espectrales que caminan sonrientes por las calles de la Lesa Humanidad.

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Premiado por el Jurado del Certamen Internacional de Narrativa "Hucha de Oro"

Publicado por Ediciones NOSTRUM

2003, Madrid - España

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